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El paisaje de un pueblo es una mezcla de cosas que, aunque no nos paremos a pensarlo, conviven en equilibrio. La fila de coches, junto a los edificios y la calle, marcan la presencia humana. Al mismo tiempo, entre ellos, los árboles, el cielo y un bonito limonero con sus frutos amarillos destacan, entre este paisaje urbano, recordándonos que la naturaleza sigue ahí, resistiendo entre el asfalto y el hormigón.
Los coches aparcados en fila y la valla metálica introducen un orden funcional, una prueba clara de cómo organizamos el espacio a nuestra conveniencia. Sin embargo, la vida natural persiste, las hojas se mecen con el viento, los limones maduran, las raíces se extienden bajo la superficie, sin hacer ruido, la vida sigue bajo nuestros pies. Este paisaje creo que nos habla de una coexistencia entre lo humano y lo natural, entre lo construido y lo que crece por sí mismo.
A menudo, pasamos por estos lugares sin detenernos a observar su historia, su vida. ¿Cuántos días de lluvia han bañado a este limonero? ¿Cuántas veces estas ramas han cobijado a pajaritos bajo su sombra? ¿Cuántas conversaciones importantes se habrán dado en estos coches? ¿Cuántos besos y abrazos en esta calle que ahora luce solitaria? La belleza no siempre está en lo extraordinario, sino en las cosas más simples. Solo hace falta pararse un momento y mirar con atención para descubrir que, incluso en lo más común, hay toda una vida.
Referencias bibliográficas:
Llorca, J. [Joaquín]. (2017). Paisaje sonoro y territorio. El caso del barrio San Nicolás en Cali, Colombia. Revista INVI, 32(89), 9–59.
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